
Creo en la traición, en su virtud ontológica.
Si escribo ahora lo que pienso, me traiciono, pues no puedo pensar lo que escribo. En el amor la duda es una ofensa casi imperdonable, es constante traición. Con el solo pensar a mi hermano y mi hermana, los traiciono.
Nadie estaría de acuerdo, lo sé, y al publicar mi pensamiento, lo traiciono, pues se deja a sí mismo interferir promiscuamente con los de los otros: una traición más.
Pensar que la traición es una virtud traiciona a la traición y a la virtud, pero ya que muchas estructuras categóricas presentan esta forma universal, me parece inevitable, y cualquier “inevitabilidad” aparente es siempre una traición.
No escribo en busca de reconocimiento, sino al contrario, busco que me desconozcan, que se olviden de mí. ¿Por qué pretendería otra cosa? Lo interesante es que lo estoy logrando, pues cada vez menos y menos me leen. Poco a poco logro traicionarme mejor.
No le escribo a ningún ser humano, ni siquiera a mí mismo. Si así fuera, sería una traición contra la traición, intención que también es traicionera. Pero no es virtuosa.
El virtuosismo de la traición no la inventé yo, se inventó sola, por eso es virtuosa y por eso ontológica. En el corazón de los seres humanos habita una gran violencia cuya versión profiláctica es la traición. Es tan omnipresente el espíritu de la traición, que exige el fervor de una masa que pueda volcar su traición colectiva sobre un individuo. Nos unimos todos en una sola mano para degollar a la víctima. Cuando esa víctima sea yo, celebraré el delirio de lo sagrado.
Ahora entiendo mi risa, pues no soy yo quien escribe, sino aquél ser humano que fui. Traiciono el futuro con el pasado.
Si escribo ahora lo que pienso, me traiciono, pues no puedo pensar lo que escribo. En el amor la duda es una ofensa casi imperdonable, es constante traición. Con el solo pensar a mi hermano y mi hermana, los traiciono.
Nadie estaría de acuerdo, lo sé, y al publicar mi pensamiento, lo traiciono, pues se deja a sí mismo interferir promiscuamente con los de los otros: una traición más.
Pensar que la traición es una virtud traiciona a la traición y a la virtud, pero ya que muchas estructuras categóricas presentan esta forma universal, me parece inevitable, y cualquier “inevitabilidad” aparente es siempre una traición.
No escribo en busca de reconocimiento, sino al contrario, busco que me desconozcan, que se olviden de mí. ¿Por qué pretendería otra cosa? Lo interesante es que lo estoy logrando, pues cada vez menos y menos me leen. Poco a poco logro traicionarme mejor.
No le escribo a ningún ser humano, ni siquiera a mí mismo. Si así fuera, sería una traición contra la traición, intención que también es traicionera. Pero no es virtuosa.
El virtuosismo de la traición no la inventé yo, se inventó sola, por eso es virtuosa y por eso ontológica. En el corazón de los seres humanos habita una gran violencia cuya versión profiláctica es la traición. Es tan omnipresente el espíritu de la traición, que exige el fervor de una masa que pueda volcar su traición colectiva sobre un individuo. Nos unimos todos en una sola mano para degollar a la víctima. Cuando esa víctima sea yo, celebraré el delirio de lo sagrado.
Ahora entiendo mi risa, pues no soy yo quien escribe, sino aquél ser humano que fui. Traiciono el futuro con el pasado.





